Asia

Hanami en Japón: Visita al espectacular castillo de Hikone

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Un nuevo relato del viaje a Japón de 18 días que hicimos en abril de 2017. En esta ocasión dejamos la preciosa Kyoto para iniciar la ruta por el país. Primera parada: visita al castillo de Hikone, uno de los cinco tesoros nacionales de Japón.

Salimos muy temprano de Kyoto. Abandonamos el curioso hotel The Prime Pod de la calle Sanjo-dori y fuimos a la estación de Kyoto para tomar un tren regional dirección Hikone.

Hikone es una ciudad pequeña en la orilla oriental del lago Biwa. Hacía un día soleado y teníamos ganas de visitar el castillo de Hikone y conocer un poco de su historia, ya que es uno de los cinco castillos categorizados como «Tesoro Nacional» por el gobierno japonés. Nada más bajarnos en la estación y atravesar las puertas de salida, nos encontramos con nuestro guía, el señor Takashi, esperándonos. Era un hombre alto de unos sesenta y pocos años, jubilado, que debido a su interés por la historia de Japón, se había unido al programa de guías turísticos voluntarios de la ciudad de Hikone. Según nos contó, para ello tuvo que hacer un cursillo de seis meses. Guardamos las maletas en las taquillas de la estación por 600 yenes y salimos acompañados de Takashi. Incluso antes de salir de la estación de tren, nos mostró un póster de un famoso biombo decorado con una bella pintura encontrado en el castillo de Hikone. Y justo ese día era el primero en el que se exhibía ese biombo en el museo del castillo.

Primero nos detuvimos frente a la estatua del samurái Ii Naomasa. Este samurái destacó en la batalla de Sekigahara en el bando oriental a las órdenes de Tokugawa y fue recompensado con las tierras de la provincia de Omi. Es en estas tierras, junto al lago Biwa, donde se alza hoy la ciudad de Hikone y su emblemático castillo. Un lugar con mucha historia.

Entre otros motivos, la antigua provincia de Omi fue el centro de poder del famoso daimio Oda Nobunaga, el famoso líder samurái que inició la unificación de Japón a mediados del siglo XVI. En el año 1600, la batalla de Sekigahara, librada a solo veinte minutos en coche al norte de Hikone, sellaría el destino de Japón y concedería a Ieyasu Tokugawa la vía libre para hacerse con el shogunato y el control definitivo del archipiélago nipón. El adversario de Tokugawa en esa batalla fue Ishida Mitsunari, gestor principal del difunto taiko Hideyoshi Toyotomi, quien comandaba las tropas unificadas del oeste de Japón.

Este señor feudal dominaba el paso entre este y oeste desde su fortaleza de Hikone, que entonces se alzaba en la colina de Sawayama, a 2 km del castillo actual. Al ser derrotado en Sekigahara, fue Ii Naomasa quien tomó el control de sus tierras. Con el beneplácito de Tokugawa, el hijo de Naomasa mandó construir un nuevo castillo más moderno y preparado para bloquear un posible avance de las tropas del oeste hacia la nueva capital en el este. Este fue el castillo de Hikone que puede visitarse hoy en día.

Este nuevo castillo se emplazó sobre una colina situada entre el lago Biwa al oeste y otro lago artificial al norte, de modo que las dos masas de agua le servían de protección. Además, se desvió el curso de un río por el este para que vertiera sus aguas en un foso por el sur y se construyeron dos fosos más a su alrededor. Los planos del castillo los creó Yasozaemon, un afamado arquitecto militar que empleó las técnicas de estrategia militar Koishu heredadas del gran general Takeda Shingen. Para agilizar la construcción de un castillo tan estratégicamente clave, se aprovecharon las estructuras de otros dos castillos, que se desmontaron y trasladaron a Hikone. El portón del recinto principal se aprovechó del primer castillo de Hideyoshi, mientras que el torreón principal se aprovechó del castillo de Mitsunari, adaptándolo de sus cinco pisos originales a solo tres en Hikone. Aun así, el castillo tardó unos 20 años en completarse.

Todo esto lo aprendimos escuchando las explicaciones del señor Takashi, un verdadero apasionado de la historia del periodo Sengoku. Mientras cruzábamos el puente del foso intermedio nos contó que el foso exterior se cubrió de tierra tras la Segunda Guerra Mundial para reducir las enfermedades por el mosquito de la malaria. Una señal del deterioro del patrimonio japonés durante el conflicto, por suerte muy distinto del paisaje que puede verse en la actualidad.
En abril de 2017, los cerezos a lo largo del foso intermedio vertían sus pétalos rosas y blancos al agua y creaban un paisaje precioso.

Mientras nos dirigíamos a la entrada, Takashi nos contó la historia de los pinos que flanquean el camino principal junto al foso: los llamados «pinos del abecedario» porque había tantos como letras en el abecedario japonés. Cada uno de sus samuráis de alto rango estaba encargado de la salud de uno de esos pinos. Justo antes de la entrada, hay un monumento en honor a Ii Naosuke, el décimo tercer señor del clan Ii y consejero principal del último shogún Tokugawa, famoso por ceder ante las presiones de Estados Unidos y abrir el país al comercio internacional tras siglos de aislacionismo.

En el camino de entrada, Takashi nos hizo fijarnos en la forma de una sección de la muralla frente al foso, que recibe el nombre de kabuto (casco) por tener dos niveles de inclinación, un detalle excepcional en el diseño de los castillos japoneses. Luego subimos por la escalinata de piedra. Los escalones tienen alturas diferentes para que una tropa enemiga tropiece y caiga al suelo al subir por ellos. También nos fijamos en las diferentes aspilleras de las murallas. Las rectangulares servían para disparar con arco contra los asaltantes, y las triangulares para disparar con arcabuz (teppo).

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